domingo, 29 de marzo de 2009

Adiós Hélike, adiós

De otra forma sería grotesco, incluso cómico. Un puto gordo saltando por los aires hasta quedarse pegado en el techo de una inmensa cúpula, no hace más que recordarme aquellas cómicas películas en blanco y negro de los sábados por la tarde. Sábados que no existen ya. Pero en este contexto se trata de una gran gesta épica.

Gein lo había planeado todo desde el principio en la sombra, como a mí me gustaba hacerlo. Aprendió mucho de mi o eso quiero creer. Decidió averiar la lanzadera de la bomba, utilizó las habilidades de Brian para modificarla con la antimateria de un arma cuántica y decidió colocarla con sus propias manos en una de las ópacas planchas de la cúpula. Cuando el Hércules se alejó de él, dejádolo sólo como a una Voyager ciega, todos sabíamos que iba a suceder.

Mientras, cientos de miles de misiles caían del cielo conducidas por el sociópata de Andrei, para cubrir el último acto de aquel mórbido ser. Cientos de miles de brillantes aleaciones de espermatozoides se deslizaban con majestuosidad por el cielo negro de Hélike, para fecundar a la tierra yerma y quemada por los estragos de la guerra y engendrar a los siameses de la aniquilación y la destrucción.

Y Gein implotó dejando de existir, la antimateria colisionó con su podrida materia dejando hermosos halos de energía, agrietando la cúpula y dejando pasar la luz del sol tras cientos de años de Edad media. Y todos quedamos ciegos, como si un puto evangelio de los que tanto hacía mención Jostein, nos hubiera abierto los ojos. La prueba irrefutable de que más allá de la cúpula había vida, existía calor y el aire era más puro. La prueba que necesitaban los escépticos.

Podría haber sido un jodido chiste del típico gordo torpe, pero fue el acto de expiación de su horrible pasado. Ya no sé quién es héroe o no, pero sin él la historia no se hubiera producido de aquella forma, aunque el determinismo estuviera tras los bastidores.

Pero de lo que estoy seguro es de que Gein sonrió al mismo tiempo que lloró por saberse útil, en su último acto.

God is an astronaut - Remembrance day

domingo, 22 de marzo de 2009

Oscilaciones deterministas

Las once menos cuarto. Siempre son las once menos cuarto cuando sangre y violencia están a punto de salir a escena, como en un show erótico. Como dos pechos caídos oscilando monótonamente noche tras noche, frente a un público ya indiferente. Uno tiende a acostumbrarse al olor de las tripas humanas, cuando éstas pretenden abandonar el peritoneo de sus dueños.

Quedaba solo un cuarto de hora para que nos pusieramos en marcha. Oscar y yo agazapados en un entresuelo abandonado y Frank en la retaguardia, tras unos contenedores repletos de mierda. A mi señal entrariamos en acción: un par de tiros, cuatro muertos, algún torturado para matar mi desidia y el cargamento de heroína en nuestras manos. A vivir de las rentas por un año más.

Sin darnos cuenta, comenzamos a escuchar una risa tras nosotros, una risa desposeída de toda racionalidad, rozando la carcajada. Oscar y yo nos giramos sobre nosotros mismos repitiendo "mierda" al unísono y por inercia. Un anciano sucio y semidesnudo nos observaba divertido mientras reía sin sentido alguno. Allí sentado en una destartalada silla nos contemplaba haciéndonos sentir ridículos.

Oscar me miró, yo no le hice ni caso. Miré hacia la ventana. Aún no habían llegado. Comprobé la hora en mi reloj y de nuevo volví a observar al viejo. Éste cada vez reía con más fuerza.

- ¿Qué hacemos Marburg? Nos van a descubrir.

Volví a realizar la misma acción anterior. Aquella escena berlangariana pudo conmigo. Opté por una noche dejar de ser el monstruo al que estaba acostumbrado interpretar. Guardé mi arma y remangué las mangas de mi chaqueta.

- Ayúdame a incorporar a este anciano. Hay que llevarlo a su casa.
- ¿Y Frank? - me preguntó con extrañeza Oscar.
- Déjale que disfrute del entorno donde se encuentra.

Solo fue esa noche, luego continué siendo lo que mi naturaleza me había marcado desde el comienzo de mi existenca...

jueves, 19 de marzo de 2009

Agujeros de gusano

La arena de aquella playa no era distinta a las que conocía. Trillones de granos de silicatos conformando la alfombra "roja" de la bienvenida.

Según lo previsto me despojé de toda mi ropa y mis utensilios de localización digitales, el pudor pronto se esfumó al comprobar que no había nadie allí, absolutamente nadie. Escondí todo detrás de la maleza de aquella playa y me senté en la orilla. Eché ligeramente el cuerpo hacia atrás apoyándome con mis brazos extendidos. Cerré los ojos notando la brisa marina en mi rostro y el ir y venir del agua entre mi sexo y mi ano. Era increible, ni un solo ruido de la civilización.

Aún notaba el mareo del viaje, era el primero por lo que se trataba de un síntoma normal. La fisiología humana no está acondicionada para este tipo de extravagancias propias de mi especie. Poco a poco notaba que el sol iba torneando como un alfarero, a la Tierra, dibujando sombras por todo el paisaje. Cansado de mi postura, decidí sentarme cruzando las piernas de cara al horizonte. A los pocos minutos aparecieron a lo lejos, primero pequeñas y luego agrandándose gracias a la ayuda de la curvatura terrestre.

Respiré con profundidad todo el aire que pude de Cayo Samaná, era increible ver aquella Nao escoltado por las dos carabelas acercándose inminentemente hacia mi.

Sabía quienes eran y cuales iban a ser las consecuencias.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Himnos de estirpe

No podía haber tenido más suerte. Como todo en la naturaleza, si se hubiera planeado seguro que no hubiera ocurrido. Mi batallón hacía días que habia perdido la moral, demasiado tiempo entre trincheras esperando a que los demás regimientos abrieran paso tras los puentes. Mientras, engullíamos toneladas de metralla cada día; los morteros eran los cocineros de nuestras vísceras.

Y allí lo encontré, entre los civiles que ansiaban escapar de este horror que no eligieron. Mucho más flaco, más sucio y herrumbroso que aquella noche en que lo vi entonando las últimas notas en Ática. La recuerdo porque fue la misma noche que acabé con el hijo de puta de Eusebio "dolor" Velasco. Nunca pensaría que fue él mismo el que me animo en mi perpetua desidia a partir en busca de ese proxeneta y mutilarlo hasta convertirlo en carne irreconocible. Todo gracias a sus poderosas melodías.

Le miré a los ojos, los que siempre ocultaba bajo su espesa melena negra, y le supliqué. Ante las atónitas miradas de los miles de mis hombres, se subió sobre un pequeño escombro transformado en monolito para alzar su voz potente y épica, aquella que no había cambiado con la guerra de Hélike. Brutal fue la fuerza con la que arengaba en forma de notas a las masas combatientes, él proyectaba ondas sonoras de fuego y los mios le respondían con un nuevo brillo en los ojos.

Fue cuando el silbido de los morteros aniquiló el himno que nos devolvió la furia animal junto a aquel bardo de nombre desconocido. Demasiado tarde, una poderosa voz y unas notas habían surtido el efecto que deseaba. Y entonces miles de rabiosos, congestionados y enaltecidos mutados abrieron con sus propias manos una brecha en la dura vanguardia helikiana. Se tragaron sus propios morteros, literalmente.

Gracias amigo por tu himno. Descansa en piezas.

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